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Viento y cielo
Jadeaba y jadeaba mientras el
dulce aroma a jazmín lo encandilaba, los tupidos árboles se levantaban a su
alrededor tal cual gigantes imponentes, lo presenciaban acelerar el paso, con
los pulmones ardiendo y con una mirada ansiosa de aventura. Sus piernas no
podían dejar de correr, amaba la sensación del viento contra su pequeño
cuerpecillo, la espectacular vista de un cielo claro acompañado de los
singulares cantos de las aves de la montaña. La sensación al correr en medio de
tal escenario lo hacía sentir pleno, como si pudiese elevarse y volar en
cualquier momento, envidiaba a las aves por tan increíble don de poder tocar el
cielo y observar desde las alturas la gran vista, sus mejillas estaban teñidas
de rosado en el lienzo color canela de su rostro y en un parpadear ya se
encontraba en su destino, la cima de la montaña cantora. Las personas del lugar
eran simples, por lo que era fácil deducir la razón de un nombre tan singular
¿la razón? a la gran cantidad de cantos de ave que podías escuchar en esta
montaña, la única en su tipo con tal diversidad de aves.
El pequeño Aruma se detuvo justo
en la punta de la montaña, donde los árboles le abrían el paso a un espectáculo
sin igual, su mirada parecía nutrirse de fuego con cada escena que lo
cautivaba, acompañado de los usuales jadeos propios de su cansancio, se limpió
la frente del sudor con el antebrazo y respiró con gran profundidad, cerró los
ojos y decidió escuchar con atención. El agua corría en el río, las aves cantaban
y volaban sobre su cabeza, el viento sacudía su corta maraña de cabello, pero
Aruma lucía encantado, una sonrisa se le formó en el rostro. Soñaba despierto
de nuevo, no podía imaginarse un lugar mejor que estar bajo un cielo azul
claro, el abrigo y la luz del sol resplandeciente cada mañana, un viento fresco
y limpio, gigantes verdes que lo cubrían de los fuertes rayos del sol y que le
regalaban frutos dulces y deliciosos. Aquel lugar era su país, Padma.
Éste país tan
singular y prácticamente nuevo llamado Padma era descrito por el mundo, como el
paraíso en la tierra, la naturaleza reinaba de extremo a extremo y todo giraba
a su beneficio. Podías encontrar el cielo azul más claro, las estrellas más
brillantes tal cual diamantes, los árboles más verdes, altos y con los frutos
más deliciosos, flores de todos los colores y perfumes posibles, los animales
más magníficos y cautivadores. Padma se convirtió en el país más poderoso del
mundo, después de una catástrofe que había azotado al mundo. Al comienzo, Padma
era solo una enorme isla desierta que había sido comprada por un empresario
amante de la naturaleza con una idea descrita como descabellada por los demás
países, su idea era tener la primera nación creada y formada solo por la
naturaleza del lugar, así como siendo ocupada por personas con conocimientos en
el cultivo y agricultura, pero que a su vez amara tanto la naturaleza como él
para así no dañar aquel lugar. Entonces, recorrió el mundo en busca de aquellos
que serían sus ciudadanos, les regaló tierras y una nueva nacionalidad. Nadie
nunca imaginó que una idea así de descabellada realmente diera frutos, un nuevo
país nació y aunque al comienzo los demás países no lo tomaban en cuenta como
nación, ya que todo se producía en el mismo pequeño país, las tierras eran
fértiles, la comida era basta y se vivía con tranquilidad. Aquel joven
empresario que había iniciado todo aquel arduo proyecto se había proclamado su
gobernante, el tiempo pasó y cuando éste llegó a una edad más avanzada lo
suplió su hijo mayor quien compartía la misma pasión, fue nombrado rey de Padma
por su pueblo en agradecimiento. Y así, el reino de Padma siguió creciendo,
bajo normas cada vez más estrictas con los ciudadanos y turistas para respetar
las tierras de los animales quienes eran los verdaderos ciudadanos, el país
solo creció más, un par de personas que compartían el mismo amor a la
naturaleza comenzaron a solicitar unirse a tan maravilloso país, las
evaluaciones eran arduas pero solo aquellos que parecían cubrir los requisitos
fueron aceptados. El reino de Padma se había vuelto una nación sólida y la
única que progresaba sin ocasionar daños en la naturaleza, entonces una
catástrofe se desató en el mundo y repentinamente, el reino se había vuelto el
país más poderoso del mundo y las solicitudes para integrarse a éste
incrementaron de forma excesiva, la muerte y el hambre rondaba al mundo y solo
Padma parecía ser la esperanza de vivir. Algo tan irrelevante como solían ser
las tierras fértiles, el aire fresco, agua pura y un cielo claro se volvieron
nuevamente algo similar a un sueño lejano, de pronto el dinero, la tecnología y
cosas materiales lujosas habían dejado de tener sentido y valor alguno.
Aruma
observó sus tierras agradecido, nacido en tierras del paraíso, el reino de
Padma. Sus abuelos siendo extranjeros inmigrantes, decidieron unirse a Padma
años atrás cuando la catástrofe en el mundo comenzaba, de entre millones de
solicitudes, los abuelos de Aruma fueron afortunados y trajeron junto a ellos a
sus hijos los cuales se convirtieron en los padres de Aruma, ambos de países
muy distintos se enamoraron literalmente en el paraíso. El pequeño de solo ocho
años inhalaba y exhalaba como si intentara capturar todo el oxígeno de los
alrededores, sus pulmones parecían recibirlo complacidos. Con una cegadora
vista, su mirada castaña clara parecía impregnarse de pequeños centelleos como
si su alma intentara ferozmente escapar por sus ojos, una cualidad que todos en
Padma reconocían como un rasgo único y atesorado, el cual se le relacionaba con
su antigua y venerada Diosa. Aquellos que poseían “la mirada de fuego” a la que
se referían comúnmente los pobladores, se decía que habían sido reencarnados por
la diosa – princesa y que a diferencia de la leyenda, éstos lograrían todos sus
propósitos pues una gran característica de esta singular mirada eran unos ojos
fuertes y firmes ante las circunstancias, reflejan coraje y valentía así como
una profunda nobleza. Usualmente, la mayoría de los niños poseían la mirada de fuego, pero con el tiempo
simplemente la llama parece desvanecerse, los pobladores tenían una ceremonia
en la cual procuraban someter a sus niños en un intento de que no perdieran tan
hermoso tesoro. Finalmente, Aruma se sentó en el césped contemplando con
serenidad, cuando de pronto un suave golpe en la cabeza interrumpió sus
pensamientos.
– ¿De nuevo aquí Aruma? –
Preguntó una voz familiar. Aruma se reincorporó y observó a su madre, una
hermosa mujer de mediana edad, una deslumbrante piel canela que destellaba con
el sol y unos ojos castaños y claros que se asomaban con dulzura. Casi al
instante, una sonrisa cálida se cruzó por el rostro del pequeño Aruma
desarmando a su madre de inmediato, algo usual entre padres e hijos. – ¿Tanto
amas esta montaña?
– Estoy… muy feliz de estar
aquí, gracias a mis abuelos, mis padres se conocieron y yo nací en este lugar.
Fui muy afortunado… – confesó el pequeño con nostalgia, su madre se pasmó en
cuanto escucho la confesión, su corazón se encogió e instintivamente su madre
lo abrazó con fuerza.
– Así es, fuimos afortunados.
Tus abuelos sí que pasaron por mucho para traernos hasta aquí, yo también les
estoy muy agradecida por ello. Ahora mismo muchas personas atraviesan
dificultades inimaginables para el Reino de Padma, muchos niños fueron
recibidos en nuestras tierras ¿lo has escuchado? Trátalos con amabilidad mi
niño, ellos son como tus abuelitos; llegaron de tierras lejanas y encontrarás a
todos muy diferentes pero no hay necesidad de temerles por ello, seguro
tendrían muchas cosas interesantes por contar y mostrarte, ¿sabes? Muchos de
ellos han sufrido mucho, algunos ya no tienen a sus papás y se encuentran solos
pero si podemos alegrarlos un poco tal vez podríamos devolverles la mirada de fuego y hacerlos sentir un
poco como su hogar. Sé que mi pequeño Aruma hará lo correcto, siempre lo hace,
he criado a un niño con mirada de fuego.
Ahora, debes alistarte que la fogata nocturna no tardará en comenzar – le
ordenó, Aruma se paró en un instante y volvió junto a su madre hasta su hogar,
la villa “pluma de ave”.
En medio del camino, su madre se
percató de la hora, se les había hecho tarde y repentinamente su madre recordó
ir por un encargo, así que le ordena a su hijo volver a casa corriendo para
alistarse para la tradicional fogata de
iniciación donde todos los niños que cumplían ocho y nueve años escucharían por
primera vez los relatos sagrados de su país, además de participar por primera
vez en el festival de las estrellas rojas. Aruma se despidió de su madre y se
echó a correr nuevamente, saludando a unas cuantas personas que lograban
reconocerlo y que le guardaban un cariño especial, mientras éste les dirigía
una gran sonrisa, su pequeña distracción lo había hecho chocar repentinamente,
haciéndolo caer de golpe, mareado y adolorido, levanto la mirada.
– ¿Qué tanto observas que no te
fijas por dónde vas? – preguntó una voz familiar con aire superior.
– ¿Dainan? Que mala suerte… –
susurró con pereza el pequeño en el suelo – Solo me distraje un momento y tenía
que encontrarme precisamente contigo… – respondió con indiferencia mientras se
ponía nuevamente de pie.
– Pues no es como si estuviera
precisamente lleno de dicha por verte tampoco, pero no lo olvides, tenemos un
duelo pendiente después de la ceremonia de la fogata ¿has entendido? Estaré
esperando… y esta vez definitivamente te ganaré – confesó lleno de confianza
como lo hacía todos los días.
– Ah… – rezongó Aruma con
fastidio – ¿No te cansas? Ya estoy cansado de pelear contigo y siempre terminar
de la misma manera una y otra vez…
– ¡Cállate esta vez será
diferente! – declaró con dureza nuevamente.
– Si bueno… siempre me das el
mismo discurso, mejor deja de fastidiar te veré en la fogata – se despidió.
– ¡Oye, no me dejes hablando
solo! ¡Ah, como sea hoy te venceré! ¡Ya lo verás! – seguía Dainan, mientras que
Aruma lo ignoraba y su voz se perdía al acelerar el paso.
Mientras se
dirigía a paso veloz a su hogar se preguntaba nuevamente como había llegado a
tal punto con Dainan. Luchar no era algo de lo que Aruma le gustara presumir,
usualmente lo hacía solo para su defensa pero cuando se dio cuenta de que era
fuerte, otros niños intentaban ponerlo a prueba y desde entonces las peleas se
habían vuelto algo cotidiano, pero cuando finalmente Aruma venció a todos
parecía que nada más lo perturbaría. Entonces, Dainan un niño que al igual que
Aruma, era hijo de padres extranjeros y como consecuencia, sus rasgos eran poco
usuales, algo que por mucho tiempo había sido mal visto en Padma por los
primeros ciudadanos de aquel gran país, se asentó como nuevo alumno en la villa
“pluma de ave”.
Dainan, como cada día por la
mañana siempre que se encontraba con el pequeño Aruma lo retaba a un duelo, con
la esperanza de que algún día pudiese vencerlo y ser más fuerte que éste. No
era extraño ver al ingenuo Dainan retar a Aruma siempre que tenía oportunidad,
usualmente cada mañana de camino a la escuela. Naturalmente Aruma nunca se
rehusaba y cada día se enfrentaban, con el mismo resultado todos los días, los
primeros tres días todos estaban interesados por saber ¿quién era el valiente
niño que se atrevía a retar a Aruma? Y además no solo una vez, perder y seguir
intentando. Al cuarto día, todos simplemente lo tomaron como un tonto más
incapaz de ganarle al niño más fuerte, pero otros comenzaron a admirarlo por su
tenacidad y al conocerlo, lo admiraron más por buenas intenciones hacia los
demás. Así era Dainan, su rival y a la vez su amigo. Un niño de alma noble,
ingenuo y crédulo; pero valiente al defender a los que apreciaba. Esa era la
principal razón por la cual Aruma lo admiraba igualmente, le parecía un niño
divertido e interesante y debido a ello siempre accedía a luchar con él aun
sabiendo el resultado.
҉
Las personas
pueden ser crueles, a lo que no conocen, a lo que es diferente… dejando que el
miedo los domine, si tan solo pudiesen detener sus prejuicios y observar
nuevamente con detenimiento… podrían ver que lo cierto es, que todos en este
mundo somos hermanos… al final ¿no somos todos seres vivos que comparten el
mismo espacio? Aruma pensaba en esto todo el tiempo, desde aquel pequeño incidente…
que lo había marcado.

Las
miradas de desprecio, las de indiferencia, las de miedo, los susurros y
comentarios… todo aquello, proveniente de diferentes personas, solo por su
físico. Cuando Aruma tenía solo cuatro años solía soltarse a llorar tal cual un
bebé y decir entre sollozos sentir el odio de los demás sobre él, sus padres
luchaban con el mismo problema día a día al ser extranjeros, pero los ataques a
los niños eran mucho más comunes. El problema se hizo mayor cuando un día un
hombre señaló al pequeño de cinco años, afirmando que era una criatura horrible
y malvada por lucir tan extraño ante los dioses, señalándolo como un demonio;
aquellas palabras llenas de odio habían quedado grabadas en la mente de Aruma y
lo habían afectado al punto que dejo de hablar, no lloraba, no sonreía más, ni
siquiera deseaba salir de su hogar e incluso había dejado de comer. Sus padres
estaban destrozados, su hijo ahora se sentía como todo aquello que aquel hombre
le había afirmado y parecía que nada lograría sacarlo de aquel absurdo trance. Sin
mencionar al absurdo y ruidoso padre de Aruma quien era tan apegado a su
querido hijo que no paraba de llorar por todos lados con el moco de fuera
desconsolado, mientras su pobre madre no podía pensar con su marido
lloriqueando alrededor.
– ¡Qué será de mi hijo! ¡Mi
pequeño está maldito! ¡¿Qué pasará si no recupera a su nahual?! ¡Padre tienes
que ayudarlo! – suplicaba el padre por todas partes sacando de quicio a su
esposa y a su padre.
– ¡Por amor a los dioses Si Woon!
¡CÁLLATE DE UNA BUENA VEZ! – Le ordenó su padre lleno de furia.
– ¡PERO PADRE! ¡¿QUÉ HAREMOS?!
Si algo le pasa a Aruma yo… ¡YO NO PODRÍA VIVIR TRANQUILO! – lloriqueaba de
nuevo, pero esta vez fue su esposa quien no podía sopórtalo más, le dio una
cachetada tan fuerte que lo tiró al piso furiosa con ese comportamiento tan
infantil. – ¿Que…Querida? – tartamudeó aún con el moco colgando por su nariz,
consternado.
– Hemos dicho que te callaras
por el amor a los dioses, debemos pensar y no podemos contigo llorando por
todos lados como un loco, te lo advertimos. – confesó satisfecha una vez puso
orden. – ¡Así que cállate y déjanos pensar! –
ordenó de nuevo, dirigiéndole una mirada severa y a lo que su marido
solo pudo tragar saliva y asentir.
– Esta… bien, querida… –
tartamudeó.
Entonces, el abuelo decidió
intervenir, no permitiría que un brujo apagara a su vivaz nieto con solo soplar
tan ilusas palabras. No tenía otra opción, debía abrirle los ojos a su nieto a
temprana edad.
–
¿Cómo estás? – preguntó con voz queda, sentándose a su lado mientras el pequeño
Aruma le dirigía una mirada destrozada y tristona, sin decir palabra alguna. –
Sé lo que ocurrió, ven te mostraré algo… – lo tomó de la mano y lo encaminó
hasta un espejo – ¿A quién ves? – le preguntó mostrándolo frente a frente al
espejo. – Observa bien… veo a un ser vivo encantador, diferente es cierto… pero
igualmente encantador, unos bellos ojos avellana un poco rasgados, esa piel
color arena y aquel cabello negro azabache. Despide siempre luz junto a su
deslumbrante mirada y sonrisa, lamentablemente… un brujo malvado te los ha
robado en tus narices mi pequeño ingenuo. – Entonces, la atención de Aruma se
hizo mayor, se observó nuevamente, aquello que mencionaba su abuelo
efectivamente había ocurrido, sus ojos de fuego y sonrisa soleada se habían ido
– ¿Los quieres de vuelta? – pregunto el
anciano en tono desafiante.
No era extraño traer en una conversación a las
brujas, en el país de Padma, éstos eran cosa de todos los días. Los ciudadanos
eran files creyentes a éstos, se cree que dichas brujas toman forma de bola de
fuego y deambulan por los aires de los cerros, usualmente descendían en forma
de algún animal o de ser humano según su conveniencia. El objetivo de estas
brujas era buscar victimas usualmente bebés y niños, normalmente elegían a
aquellos a los que se les podía reconocer grandes habilidades o como se solía
creer, aquellos que poseían a los nahuales más fuertes, a dichos niños se les
conocía como aquellos con la mirada de fuego, descendientes de los dioses con
un gran porvenir. Al capturar a su víctima “la chupaban” era algo similar a lo
que algunos conocen como “vampiros”, lamentablemente cuando eran “chupados” sus
cuerpos no podrían sobrevivir sin aquella mirada de fuego otorgada por los
dioses y lamentablemente morían con el pasar del tiempo, como si las brujas y
brujos absorbieran su alma de a poco. Usualmente, los niños tan pequeños como
Aruma no tenían conocimiento alguno sobre este tipo de seres sino hasta los
ocho o nueve años en su ceremonia de iniciación, pero el abuelo del pequeño
temía por la vida de su nieto y decidió desafiar no solo al brujo que lo había
maldecido, también a su propio nieto.
– Los quiero… – confesó. El
abuelo tomo sus manitas y le dirigió una mirada firme a su nieto.
– Pon atención, solo este
conjuro podrá traer de vuelta tus apreciables ojos de fuego junto a tu nahual,
debes repetirlo todos los días antes de salir de la casa ¿entendido? Y así
cuando menos lo esperes volverán, pero una vez que los recuperes deberás ser
fuerte y luchar con todas tus fuerzas, allá afuera hay muchas brujas o brujos
que intentarán tomarlos de vuelta y mi nieto deberá ser lo suficientemente valiente
como para enfrentarlos y vencerlos – reveló, el rostro del pequeño se alteró ¿brujos
y brujas? ¿Cómo podría enfrentar a personas como aquel señor que lo había
maldecido? El anciano tomó a su nieto entre sus brazos y le aseguró que estaría
bien, su nieto siempre había sido valiente y continuó – Repetirás estas
palabras después de mí: Soy fuerte, inteligente, siempre me esfuerzo, siempre soy
respetuoso; No hay nadie mejor que yo, ni yo soy mejor que nadie, soy asombroso
y valiente, me caigo pero me levanto, me sobo y cicatrizo. Ningún cobarde se
levanta por nada, estoy bendecido por los dioses por esta vida, me han regalado
fortaleza y coraje además de guapura herencia de mi abuelo – agregó con un poco
de humor – Una mirada de fuego no se le otorga a cualquiera que no sea capaz de
cuidar de ella, solo un guerrero descendiente de los dioses será capaz de
portarla, y ese seré yo, Aruma. – el pequeño repitió las palabras y de repente
al verse nuevamente al espejo se sintió mejor, su abuelo lo abrazó de nuevo, le
acarició la cabeza y lo aduló – Ese es mi nieto. – una diminuta chispa broto
por solo unos segundos en su mirada y su abuelo supo que el trabajo estaba
hecho.
– ¡¿Padre dime lo has hecho?!
¿Está mi pequeño Aruma a salvo? – presionaba el padre del pequeño.
– ¡Deja de ser tan escandaloso!
Claro que está bien, es mi nieto por lo tanto asumo que estará a salvo, él sí
es valiente no como tú. Tenía que saltarse una generación y tú parecerte tanto
a tu abuela.
– ¿A tu dulce madre? – preguntó
confundido pero alagado.
– ¿Qué? ¡NO! A la madre de tu
madre por supuesto, a mi suegrita siempre tan escandalosa y molesta. – confesó
con dureza y decepción, el padre de Aruma solo pudo volverse piedra, se sentía
desolado por tal comparación.