miércoles, 16 de noviembre de 2016

El Árbol Blanco * Tleyotl Cap. 01 - Quétzal

Quetzal

Coloridas aves revoloteaban y cantaban sobre las copas de los árboles haciendo eco entre las montañas, los lobos aullaban al filo del anochecer y los ríos sonaban. Una joven diosa había nacido  y con ella sus grandes creaciones, conocida por los humanos como “corazón de la tierra”, rebosaba de gracia, belleza e inteligencia. Al observarla era fácil confundirla con un miembro de la realeza; para sus creaciones y para los mismos dioses, realmente lo era. Piel de bronce, ojos grandes y de un castaño claro que podía competir con las puestas de sol, cabello tan negro como el azabache, adornada con oro y revestida seda blanca. Y, aunque podía lucir como una princesa de cuento de hadas, para alguien como ella algo como “la gracia y belleza” no tenían sentido ni importancia. Nada podía impedir que la diosa – princesa cumpliera sus propios caprichos, ni siquiera los chaneques. Los chaneques, son conocidos por su baja estatura que podía llegar solo a la rodilla de un humano adulto con rostros infantiles y agradables. Su misión era sencilla, cuidar de corazón de la tierra, estos eran algo similar a ser sus asistentes y niñeros, algo así como sus sirvientes. Estos seres tan peculiares, buscaban con desesperación que la diosa solo observara y mantuviera el equilibrio de la tierra, mientras ellos se ocupaban de los asuntos con sus creaciones, se encargaban de cuidar de la naturaleza y los animales que allí habitaban. Más todos sus intentos parecían en vano, la joven diosa era todo menos recatada, el lodo podía machar su rostro, los raspones podían cubrir sus rodillas y piernas, y sus manos podían estar ásperas y sucias. Pobres de los chaneques, se daban siempre a la tarea de perseguir a la diosa tratando de mantenerla sin mover un dedo como si de una princesa se tratase, tratando siempre en vano, nada podía detenerla, ni siquiera sus fieles chaneques.

Imagen de nature, waterfall, and landscape
Un día como era usual, la joven diosa había planeado un escape de su hogar y recinto, el cual se encontraba detrás de una cascada azul zafiro, sus pequeños chaneques habían salido a realizar sus respectivas tareas, como guiar a los ciervos lejos de los humanos, bailar la danza de las luces a las flores para que éstas se sintieran felices y así se propagaran y florecieran, o ayudando a devolver algún polluelo a su nido. Mientras la joven se disponía a marcharse, se lanzó de un clavado, incorporándose a la cascada, cayendo desde muy alto hasta el enorme charco de agua cuesta abajo, cayó con los brazos en forma de flecha con profesionalismo, nado unos cuantos metros y finalmente subió a la superficie, respiró hondo y se dirigió a las orillas. Con el agua escurriendo tocó tierra y preparó su marcha finalmente, cuando entonces un ave interrumpió su partida cuando cruzó el cielo sobre su cabeza y anunció su llegada con su canto. La joven lo observó con detenimiento, era una bella ave pequeña con plumaje turquesa, un pecho rojizo y una cola larga y delgada, sus diminutos ojos negros simulaban pequeños botones redondos. Se posicionó en la rama alta de un árbol junto a la diosa y la observó, corazón de tierra se acercó al árbol y le dirigió toda su atención, la mirada de aquella ave era directa y amable algo poco usual en sus creaciones. La diosa no era ingenua a pesar de su personalidad un poco infantil, no pasó mucho rato para percatarse de quien se trataba y al hacerlo una sonrisa arrolladora de oreja a oreja se dibujó en su rostro junto a una mirada con fuego dándole una calurosa bienvenida. Por la mente de la diosa pasaron las palabras y rápidamente aquella ave, conocida como ‘quetzal’ las recibió en su mente.
Imagen de bird and nature
– No te esperaba tan pronto, deben de estar algo desesperados allá arriba para hacerte bajar… – susurró en su cabeza con una sonrisa traviesa. Al verse descubierto por la diosa, el quetzal casi cae del árbol como si se olvidara volar, afortunadamente lo recordó a tiempo y volvió a elevarse al árbol. – No eres muy bueno intentando ser ave ¿cierto? – volvió a susurrar la diosa con una risilla que se le escapaba de a poco. – Conozco mis creaciones, supe de inmediato al observarte que no eras una de ellas… no deberías subestimarme corazón del cielo – lo enfrentó la diosa con astucia, el ave la había subestimado, se sentía tan avergonzado que solo pudo desviar la mirada ante la acosadora mirada de la diosa, ésta sonrió de nuevo ante aquella infantil reacción haciéndolo sonrojar. – Como sea, si gustas puedes quedarte aquí o venir a explorar conmigo, sé que es tu primera vez en éste lugar… te sorprenderían todos los lugares y animales que hay aquí… – lo invitó con aquel brillo en su mirada excitada – Aunque, te será más fácil en esa forma, soy algo rápida y no podrías seguirme el ritmo – el ave se sintió ofendida, así que aceptó el reto y volvió a su verdadera forma.
Quien se presentó enseguida frente a ella era el mismo joven dios, corazón del cielo. Una piel blanca lo cubría, una maraña de pelo castaño claro se encontraba atado a su nuca y unos ojos entre verdosos y azules se abrieron paso. Aquella era la primera vez, que corazón de la tierra y corazón del cielo se encontraban frente a frente.
– ¿Qué sucede? – preguntó corazón del cielo algo desconcertado ante el silencio y una mirada inmóvil de la diosa, rápidamente pensó que probablemente había enamorado a corazón de la tierra, su porte se irguió aún más ante tal posibilidad.
Imagen de Chelsea, draw, and chel
– Te imaginaba… menos enclenque – disparó la joven de un tajo. El dios se quedó helado y con su ego por los suelos ¿Qué clase de diosa grosera era esta? ¿A caso era esta la gran misión a la que se referían los dioses que debía superar? ¿Una diosa insolente que domar? – ¿Sucede algo contigo corazón del cielo? – preguntaba la diosa, al observar al pensativo dios, este se sentía traicionado ¿eran sus habilidades tan poco valoradas? ¿Y esta era una diosa? Mientras sus pensamientos iban y venían, la diosa decidió dejarlo solo para que meditara, no esperaría plácidamente a que los chaneques llegaran antes y la hicieran volver a sentarse en su santuario – Si piensas seguir con esa mirada perdida y sin escucharme si quiera cuando te hablo, cuando termines de meditar puedes alcanzarme con ese cuerpo tan debilucho – disparó nuevamente, esta vez sin efecto ya que el primero aún ni siquiera había desaparecido, las últimas palabras de la diosa resonaban en su cabeza inaudibles debido al impacto anterior, desesperada decidió marcharse dejando atrás al dios.
           Mientras el dios seguía cuestionándose la razón por la que lo habían enviado a cuidar de una diosa tan insolente y poco agraciada con sus modales, la diosa ya había emprendido el viaje, a esas alturas le sería difícil alcanzarla ya que a pesar de que era una diosa no muy alta y de cuerpo delgado, su cuerpo se había acostumbrado a desplazarse a su antojo gracias a sus constantes y largas caminatas o carreras, sus escalas a gran altura, sus saltos con gran agilidad y a su rápido nadar. Cuando el dios se percató de la desaparición de la diosa recordó el reto y no perdió tiempo en ir tras ella, su comienzo era rápido y ágil había logrado verle las espaldas pero cuando se propuso alcanzarla repentinamente ella aceleró aún más el paso, el dios no desistía y con su cuerpo humano intentó de todas las formas alcanzarla hasta que no pudo más, los pulmones le ardían como si fueran lava, su respiración era escasa y trataba con desesperación atrapar la mayor cantidad de aire posible. La lengua la traía de fuera, el sudor le recorría el cuerpo y sus piernas se tambaleaban, llegó al punto de solo poder caminar detrás de la diosa a paso lento hasta que visualizó el final de la extensión de los árboles, ante él se abrió pasó una cegadora luz y enseguida, un gran paisaje se pintó ante sus ojos, se encontraba en la cima de una enorme montaña. Los árboles cubrían la mayor parte del paisaje, un ancho río se abría paso entre ellos, flores púrpuras y azules invadían las raíces de los árboles, a lo lejos el cielo azul había comenzado a ser iluminado por los primeros rayos de sol, pintando el cielo azul aborregado de tonos rosados, púrpuras y rojizos. El dios estaba maravillado con tal escena, nunca había visto tanta belleza en un solo lugar, regresó su mirada a la diosa lleno de asombro en busca de respuesta a tan magnifico lugar, lo único que pudo encontrar fue el semblante de una verdadera diosa. Una mirada dulce y acogedora, una piel bronce abrigada por el sol como si el mismo astro deseara irradiarla y acogerla, había sido la primera vez que la veía tan concentrada y el dios entendía perfectamente ahora sus razones para escapar cada día.
A partir de aquel día, el joven dios se unió a la diosa más como su amigo y compañero que como guardián y los chaneques fueron liberados para hacer de su vida lo que les placiera, sin embargo, querían tanto a la diosa que decidieron continuar con los deberes que habían estado llevando a cabo desde que conocieron a la diosa.  El día de su partida como seres libres, juraron cuidar y proteger con sus vidas las mismas creaciones de su diosa y, además que aunque ya no sería su deber cuidar y servirle, ellos jamás la dejarían sola. Entre lágrimas y sollozos de los chaneques, la diosa solo pudo agradecerles sus servicios y desearles felicidad.
La amistad creció con el tiempo, corazón de la tierra y corazón del cielo habían formado una amistad cercana e indestructible. Los dioses complacidos, pudieron respirar tranquilos, la conexión entre ambos era tal que parecía cautivar a cualquiera, incluso ante los ojos de las creaciones de la diosa. Las aventuras fueron escuchadas por algunos de los humanos que vivían en las cercanías, era claro que sus sirvientes humanos estaban al tanto de tan grande amistad, algo que incluso ellos consideraban sagrado. Así, nadie vio venir tan oscuras circunstancias, el día en que una amistad sagrada destrozaría el paraíso, el silencio se volviería eterno, en medio de un vacío infinito en medio de las penumbras.
Imagen de sky, sunset, and grunge