Quetzal
Coloridas aves revoloteaban y cantaban sobre
las copas de los árboles haciendo eco entre las montañas, los lobos aullaban al
filo del anochecer y los ríos sonaban. Una joven diosa había nacido y con ella sus grandes creaciones, conocida
por los humanos como “corazón de la tierra”, rebosaba de gracia, belleza e
inteligencia. Al observarla era fácil confundirla con un miembro de la realeza;
para sus creaciones y para los mismos dioses, realmente lo era. Piel de bronce,
ojos grandes y de un castaño claro que podía competir con las puestas de sol,
cabello tan negro como el azabache, adornada con oro y revestida seda blanca. Y,
aunque podía lucir como una princesa de cuento de hadas, para alguien como ella
algo como “la gracia y belleza” no tenían sentido ni importancia. Nada podía
impedir que la diosa – princesa cumpliera sus propios caprichos, ni siquiera
los chaneques. Los chaneques, son conocidos por su baja estatura que podía
llegar solo a la rodilla de un humano adulto con rostros infantiles y
agradables. Su misión era sencilla, cuidar de corazón de la tierra, estos eran
algo similar a ser sus asistentes y niñeros, algo así como sus sirvientes.
Estos seres tan peculiares, buscaban con desesperación que la diosa solo
observara y mantuviera el equilibrio de la tierra, mientras ellos se ocupaban
de los asuntos con sus creaciones, se encargaban de cuidar de la naturaleza y
los animales que allí habitaban. Más todos sus intentos parecían en vano, la
joven diosa era todo menos recatada, el lodo podía machar su rostro, los
raspones podían cubrir sus rodillas y piernas, y sus manos podían estar ásperas
y sucias. Pobres de los chaneques, se daban siempre a la tarea de perseguir a
la diosa tratando de mantenerla sin mover un dedo como si de una princesa se
tratase, tratando siempre en vano, nada podía detenerla, ni siquiera sus fieles
chaneques.
Un día como era usual, la joven diosa había
planeado un escape de su hogar y recinto, el cual se encontraba detrás de una
cascada azul zafiro, sus pequeños chaneques habían salido a realizar sus
respectivas tareas, como guiar a los ciervos lejos de los humanos, bailar la
danza de las luces a las flores para que éstas se sintieran felices y así se
propagaran y florecieran, o ayudando a devolver algún polluelo a su nido.
Mientras la joven se disponía a marcharse, se lanzó de un clavado,
incorporándose a la cascada, cayendo desde muy alto hasta el enorme charco de
agua cuesta abajo, cayó con los brazos en forma de flecha con profesionalismo,
nado unos cuantos metros y finalmente subió a la superficie, respiró hondo y se
dirigió a las orillas. Con el agua escurriendo tocó tierra y preparó su marcha
finalmente, cuando entonces un ave interrumpió su partida cuando cruzó el cielo
sobre su cabeza y anunció su llegada con su canto. La joven lo observó con
detenimiento, era una bella ave pequeña con plumaje turquesa, un pecho rojizo y
una cola larga y delgada, sus diminutos ojos negros simulaban pequeños botones
redondos. Se posicionó en la rama alta de un árbol junto a la diosa y la
observó, corazón de tierra se acercó al árbol y le dirigió toda su atención, la
mirada de aquella ave era directa y amable algo poco usual en sus creaciones.
La diosa no era ingenua a pesar de su personalidad un poco infantil, no pasó
mucho rato para percatarse de quien se trataba y al hacerlo una sonrisa
arrolladora de oreja a oreja se dibujó en su rostro junto a una mirada con
fuego dándole una calurosa bienvenida. Por la mente de la diosa pasaron las
palabras y rápidamente aquella ave, conocida como ‘quetzal’ las recibió en su
mente.
–
No te esperaba tan pronto, deben de estar algo desesperados allá arriba para
hacerte bajar… – susurró en su cabeza con una
sonrisa traviesa. Al verse descubierto por la diosa, el quetzal casi cae del
árbol como si se olvidara volar, afortunadamente lo recordó a tiempo y volvió a
elevarse al árbol. – No eres muy bueno
intentando ser ave ¿cierto? – volvió a susurrar la diosa con una risilla
que se le escapaba de a poco. – Conozco
mis creaciones, supe de inmediato al observarte que no eras una de ellas… no
deberías subestimarme corazón del cielo – lo enfrentó la diosa con astucia,
el ave la había subestimado, se sentía tan avergonzado que solo pudo desviar la
mirada ante la acosadora mirada de la diosa, ésta sonrió de nuevo ante aquella
infantil reacción haciéndolo sonrojar. –
Como sea, si gustas puedes quedarte aquí o venir a explorar conmigo, sé que es
tu primera vez en éste lugar… te sorprenderían todos los lugares y animales que
hay aquí… – lo invitó con aquel brillo en su mirada excitada – Aunque, te será más fácil en esa forma,
soy algo rápida y no podrías seguirme el ritmo – el ave se sintió ofendida,
así que aceptó el reto y volvió a su verdadera forma.
Quien se presentó enseguida
frente a ella era el mismo joven dios, corazón del cielo. Una piel blanca lo
cubría, una maraña de pelo castaño claro se encontraba atado a su nuca y unos
ojos entre verdosos y azules se abrieron paso. Aquella era la primera vez, que
corazón de la tierra y corazón del cielo se encontraban frente a frente.
– ¿Qué sucede? – preguntó
corazón del cielo algo desconcertado ante el silencio y una mirada inmóvil de
la diosa, rápidamente pensó que probablemente había enamorado a corazón de la
tierra, su porte se irguió aún más ante tal posibilidad.
– Te imaginaba… menos enclenque –
disparó la joven de un tajo. El dios se quedó helado y con su ego por los
suelos ¿Qué clase de diosa grosera era esta? ¿A caso era esta la gran misión a
la que se referían los dioses que debía superar? ¿Una diosa insolente que
domar? – ¿Sucede algo contigo corazón del cielo? – preguntaba la diosa, al
observar al pensativo dios, este se sentía traicionado ¿eran sus habilidades
tan poco valoradas? ¿Y esta era una diosa? Mientras sus pensamientos iban y
venían, la diosa decidió dejarlo solo para que meditara, no esperaría
plácidamente a que los chaneques llegaran antes y la hicieran volver a sentarse
en su santuario – Si piensas seguir con esa mirada perdida y sin escucharme si
quiera cuando te hablo, cuando termines de meditar puedes alcanzarme con ese
cuerpo tan debilucho – disparó nuevamente, esta vez sin efecto ya que el
primero aún ni siquiera había desaparecido, las últimas palabras de la diosa
resonaban en su cabeza inaudibles debido al impacto anterior, desesperada
decidió marcharse dejando atrás al dios.
Mientras
el dios seguía cuestionándose la razón por la que lo habían enviado a cuidar de
una diosa tan insolente y poco agraciada con sus modales, la diosa ya había
emprendido el viaje, a esas alturas le sería difícil alcanzarla ya que a pesar
de que era una diosa no muy alta y de cuerpo delgado, su cuerpo se había
acostumbrado a desplazarse a su antojo gracias a sus constantes y largas
caminatas o carreras, sus escalas a gran altura, sus saltos con gran agilidad y
a su rápido nadar. Cuando el dios se percató de la desaparición de la diosa
recordó el reto y no perdió tiempo en ir tras ella, su comienzo era rápido y
ágil había logrado verle las espaldas pero cuando se propuso alcanzarla
repentinamente ella aceleró aún más el paso, el dios no desistía y con su
cuerpo humano intentó de todas las formas alcanzarla hasta que no pudo más, los
pulmones le ardían como si fueran lava, su respiración era escasa y trataba con
desesperación atrapar la mayor cantidad de aire posible. La lengua la traía de
fuera, el sudor le recorría el cuerpo y sus piernas se tambaleaban, llegó al
punto de solo poder caminar detrás de la diosa a paso lento hasta que visualizó
el final de la extensión de los árboles, ante él se abrió pasó una cegadora luz
y enseguida, un gran paisaje se pintó ante sus ojos, se encontraba en la cima
de una enorme montaña. Los árboles cubrían la mayor parte del paisaje, un ancho
río se abría paso entre ellos, flores púrpuras y azules invadían las raíces de
los árboles, a lo lejos el cielo azul había comenzado a ser iluminado por los
primeros rayos de sol, pintando el cielo azul aborregado de tonos rosados,
púrpuras y rojizos. El dios estaba maravillado con tal escena, nunca había
visto tanta belleza en un solo lugar, regresó su mirada a la diosa lleno de
asombro en busca de respuesta a tan magnifico lugar, lo único que pudo encontrar
fue el semblante de una verdadera diosa. Una mirada dulce y acogedora, una piel
bronce abrigada por el sol como si el mismo astro deseara irradiarla y
acogerla, había sido la primera vez que la veía tan concentrada y el dios
entendía perfectamente ahora sus razones para escapar cada día.
A partir de
aquel día, el joven dios se unió a la diosa más como su amigo y compañero que
como guardián y los chaneques fueron liberados para hacer de su vida lo que les
placiera, sin embargo, querían tanto a la diosa que decidieron continuar con
los deberes que habían estado llevando a cabo desde que conocieron a la
diosa. El día de su partida como seres
libres, juraron cuidar y proteger con sus vidas las mismas creaciones de su
diosa y, además que aunque ya no sería su deber cuidar y servirle, ellos jamás
la dejarían sola. Entre lágrimas y sollozos de los chaneques, la diosa solo
pudo agradecerles sus servicios y desearles felicidad.
La amistad
creció con el tiempo, corazón de la tierra y corazón del cielo habían formado
una amistad cercana e indestructible. Los dioses complacidos, pudieron respirar
tranquilos, la conexión entre ambos era tal que parecía cautivar a cualquiera,
incluso ante los ojos de las creaciones de la diosa. Las aventuras fueron
escuchadas por algunos de los humanos que vivían en las cercanías, era claro
que sus sirvientes humanos estaban al tanto de tan grande amistad, algo que
incluso ellos consideraban sagrado. Así, nadie vio venir tan oscuras
circunstancias, el día en que una amistad sagrada destrozaría el paraíso, el silencio
se volviería eterno, en medio de un vacío infinito en medio de las penumbras.



