Rugían con furia, su estruendoso gruñir me
paralizaba en un instante, no había lugar en el cual esconderse, siempre
estaban a mí alrededor… mi cuerpo lograba estremecerse de terror con su sola
presencia, su apariencia les hacía justicia pero eran sus más tenebrosas
acciones lo que me aterraba y recorría cada centímetro de mi ser con esa
sensación de terror. Mi cuerpo siempre reaccionó a ellos, mis padres ya no
soportaban la situación, al comienzo pretendían que era algo normal, algunos
niños pasaban por la típica etapa de amigos imaginarios simplemente pasaría, o
eso creyeron. El tiempo pasó y me di cuenta con el reaccionar de las personas
que me rodeaban que no era alguien normal, tenía seis años cuando me lo
hicieron ver… cuando mi hermano mayor Arion soltó de pronto: “Deja de asustarnos, realmente das miedo
cuando empiezas a decir eso, deja de decir mentiras”, no eran las palabras lo
que me había impactado, sino sus miradas sobre mí como si se tratara de un
monstruo observándolos con ansias de sangre lo que solo logró alterarme a mí
mismo. Desde ese entonces, aquel niño con sonrisas de oreja a oreja, con lodo
en sus mejillas y raspones en las rodillas comenzó a desaparecer, los síntomas
de ansiedad, estrés y escenas de pánico se volvieron constantes, no fue hasta
que pensé que lo mejor sería ocultarlo, mis padres y hermanos discutían a
diario y el tema principal era yo, llegaron a mencionar clínicas de salud
mental, psicólogos, neurólogos, entre otros. No deseaba alejar a los demás, no
quería que discutieran, que pelearan.
Mis primeros años de vida, antes de poder
entender lo que ocurría a mi alrededor eran como cualquier otro niño, pero
cuando la cruel realidad te golpeaba en el rostro a tan corta edad, tu visión
del mundo cambia, mis ojos me permitían ver cosas más allá de las personas y
paisajes, nunca fueron malas experiencias hasta que la vida y la muerte se
cruzan estrepitosamente frente a ti, de manera tan brutal que cuando un día los
arcoíris y las hadas son parte de tu mente, de repente son masacrados en tus
narices y los demonios surgen dentro de tu cabeza, y entonces algo se rompe
dentro tuyo.
No importaba cuánto los ahuyentara, les gritara o
les implorara, simplemente jamás estaba solo. Estaba harto de que me siguieran
todo el tiempo, sus voces resonaban en mi cabeza, en mis sueños, en mi vida
diaria. Esto no era algo que pudiese arreglarse con medicación o terapia, el
psicólogo estaba desconcertado, mis compañeros ahora me temían y me ignoraban,
era el niño raro que veía cosas, todos me temían. Entonces en mi cumpleaños
número ocho, mis padres anunciaron finalmente la mudanza, en realidad no sentía
nada al respecto, no era como si tuviera algo a lo que aferrarme a mi lugar de
nacimiento. Inesperadamente me di cuenta, que ahora tenía un nuevo comienzo y
entonces pensé, si finjo no verlos eventualmente dejaran de molestarme, una
idea algo ingenua pero que me hizo recuperar una pequeña parte de mi vida.
Ahora con diez años, el futbol y
mis nuevos amigos eran la terapia que necesitaba, ahora me encontraba más
relajado con la situación, y nunca perdía la oportunidad de jugar con mis
amigos en el parque cada mañana de vacaciones, ahí fue donde todo lo que
conocía terminaría. La pelota salió de la cancha rodando a gran velocidad deteniéndose
en un árbol cercano pero cuando la tomé entre mis manos los sentí, de reojo
logré verlos… aquellos que atormentaban mi vida, una especie de monstruos todos
diferentes que se paseaban de vez en cuando en el mundo humano para devorarlos,
era raro verlos de día, eran enormes y devorarían a cualquier alma cerca, nunca
supe porque lograba ver tantos cerca de mí, de pequeño incluso creía que ellos
venían por mí, lo cual era gran parte de la razón de mis ataques de pánico, usualmente
se me acercaban al punto de casi sentir su aliento sobre mi piel, afortunadamente
eso jamás ocurrió. Me quedé ahí parado observándolos con la mirada fija y
desorbitada, indagando la razón por la cual lograba verlos a plena luz de día,
cuando alguien interrumpió mis más grandes temores.
– No te preocupes, se marcharán pronto. – me
reconfortó una dulce voz. Mi mirada rebuscó por todos lados, restos de tierra
cayeron sobre mi hombro y mi mirada se posó en la cima de aquel árbol.
– Tú… ¿Quién eres? – pregunté estupefacto, mi
mirada observaba la pequeña figura entre aquellas ramas y el contraste de los
rayos del sol, totalmente desorbitada.
– Parece que ambos tenemos el don – respondió con la mirada fija en
aquellos monstruos.
– ¿El don? ¿Qué quieres decir? – Exigí asustado y
consternado, una cabellera corta se asomaba entre los cegadores rayos, aquella
pequeña figura se encontraba erguida y llena de seguridad.
– Se irán pronto, ELLOS acabarán con esos débiles Hedidos.
– Reveló, mientras se deslizaba hasta tierra firme con gran agilidad, ésta cayó
de cuclillas dándome la espalda, se irguió nuevamente, una brisa cálida nos
recorrió, alborotando su corta cabellera castaña y con ondas frente a mí. De
pronto comenzó a caminar sin si quiera voltear atrás, había comenzado a
alejarse.
– ¡Espera! – Suplique – Tú… logras verlos
también… – balbucee consternado aún. Ella se detuvo de pronto aun dándome la
espalda.
– Sí puedo… – confirmó de un jalón y emprendió la
marcha de nuevo, esta vez se echó a correr a gran velocidad.
– ¡Ryo! ¡Ryo! ¿Por qué tardas tanto? ¡Apúrate
tenemos un juego que ganar! – gritaron mis amigos exasperados a lo lejos.
Me quedé pasmado por unos minutos tratando de
procesar lo ocurrido, con la pelota entre las manos, mi mirada la siguió hasta
perderse y justo entonces mi mirada volvió a aquellos monstruos que me
inundaban de pánico, sin embargo, ahora era diferente, una pizca de confianza
prendió dentro de mí. De pronto algo increíble frente a mis ojos ocurrió,
aquellos monstruos fueron destruidos con un solo golpe, una pequeña figura
humanoide a lo lejos los había atravesado a gran velocidad, destruyéndolos con
solo parpadear. La pelota se resbalo de entre mis manos… rodando por sí sola
varios metros frente a mí y por primera vez, me sentí realmente tranquilo.
Aquella figura se regresó de frente a observar el claro cielo azul con una
enorme sonrisa en el rostro y secándose la frente con la contra palma de la
mano, su mirada mostraba confianza y picardía. Entonces, volvió la mirada a sus
espaldas, otro sujeto apareció detrás de éste mientras sacudía su extraño
ropaje de cualquier suciedad, intercambiaron algunas palabras y de pronto
desaparecieron.

No hay comentarios:
Publicar un comentario